Cuando Obama era Barack

Posted on junio 8, 2008 por

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El demócrata Barack Obama ha hecho revivir el sueño americano, el sueño de que un negro criado en un hogar desestructurado pueda convertirse en el hombre más poderoso del planeta. Ësta es la historia de su camino hacia la gloria .

Barack Obama regresó a Washington el pasado martes por la noche con la nominación demócrata asegurada, pero sin tiempo para celebraciones. Su mujer, Michelle, voló a la casa familiar de Chicago, desde Saint Paul (Minnesota), donde el candidato había anunciado su victoria en las primarias, “el final de un recorrido histórico y el comienzo de una nueva carrera”. Obama, de 46 años, dejaba atrás seis meses de agotadora campaña de primarias, 54 elecciones de las que había ganado 29, y 18 millones de votos. Había intentado hablar con su gran rival, Hillary Clinton, por teléfono durante toda la noche, sin suerte. La senadora, desde Nueva York, anunció que no decidiría nada esa noche. Y desconectó el teléfono.

Obama ni siquiera pudo descansar. En el avión preparó un discurso que tenía que pronunciar ante un grupo de 7.000 líderes judíos a la mañana siguiente. Comparecería ante el Comité de Asuntos Públicos Estados Unidos-Israel. La comunidad judía norteamericana ha sido uno de los grandes apoyos de Hillary Clinton en esta campaña, y ha mantenido una gélida distancia con el campo de Obama a causa de declaraciones efectuadas por el senador como que se reuniría con el presidente de Irán, Mahmud Ahmadineyad, durante su primer año en la Casa Blanca, “sin condiciones, para lograr la paz”.

Obama, profesorEl entorno era, en principio, hostil, pero Obama supo estar a la altura del reto. Comenzó bromeando. “Por favor, avisadme si veis por aquí a ese tal Barack Obama, porque da miedo”, dijo, en referencia a diversos correos difundidos por el Partido Republicano en los que se le acusa de “tibio” con la causa palestina y los regímenes totalitarios de Oriente Próximo. Luego se declaró “un verdadero amigo de Israel”, y acusó a los palestinos del grupo terrorista Hamás de “corruptos” y “falsos profetas del extremismo”.

El que Obama ofreció ante los líderes judíos fue el perfil de un presidente, capaz de prometer que “Jerusalén seguirá siendo la capital de Israel, sin divisiones”, o que nunca pondrá en jaque la seguridad de Israel. A lo largo de la campaña, el senador ha declinado llevar un pin con la bandera norteamericana en la solapa, pero el miércoles lo lució por primera vez. Junto con la bandera de barras y estrellas ondeaba la de Israel, con la estrella de David.

El resultado fue un Obama de perfil netamente presidencial, un maestro de la política capaz de adaptar su discurso a las condiciones que la nueva situación requiere. La audiencia se levantó en 13 ocasiones, ahogando su discurso en aplausos. El candidato se metió en el bolsillo a una comunidad que no podía estar más en las antípodas del cambio que él quiere representar: judíos de un lobby afincado en Washington; el símbolo del establishment, del poder y la influencia de Estados Unidos en el mundo.

Obama no podría tener una procedencia más diferente a la de quienes le escuchaban. Políticamente se crió en Chicago, una ciudad en la que el gobierno y el crimen caminan a veces juntos de la mano. Y ni siquiera se formó en el centro de Chicago, uno de los más sólidos bastiones del Partido Demócrata entre las grandes urbes de EE UU. Obama comenzó a querer cambiar el mundo en lo que se llama el South Side, los suburbios de mayoría afroamericana de la ciudad, una de las zonas más peligrosas y miserables de todo el país.

En 1981, el joven estudiante nacido en Hawai llegó a Nueva York. Tenía 20 años y había sido transferido a la Universidad de Columbia, donde se licenciaría en ciencias políticas en 1983. Obama no se explaya sobre sus años en Nueva York en ninguno de sus dos libros de memorias. Dibuja la gran ciudad como un entorno hostil, por donde vagaba en solitario sin amigos o conocidos. “Pasé aquellos años en la biblioteca. No me relacionaba. Era como un monje”, diría en una revista de la universidad en 2005.

Recién licenciado, encontró un trabajo como consultor en las empresas Business International Corporation y New York Public Interest Research Group, una experiencia que en su libro retrata como un pequeño calvario personal. El joven negro sin raíces se encuentra, de repente, con “una secretaria, un despacho y dinero en la cuenta”. “A veces salía de una entrevista con inversores japoneses o corredores de Bolsa alemanes, veía mi reflejo en las puertas del ascensor -me veía con traje y corbata, maletín en la mano- y por un segundo me imaginaba como un magnate de los negocios, ladrando órdenes, cerrando tratos. Luego recordaba en qué había soñado que me convertiría, y sentía punzadas de remordimientos por mi falta de iniciativa”, escribe en sus memorias.

Y entonces, en 1985, se encontró con Gerald Kellman en las páginas del diario The New York Times. Kellman era un organizador comunitario, una suerte de trabajador social que trabajaba con las personas que habían perdido sus empleos durante la gran crisis de las siderurgias de Illinois e Indiana en los años ochenta del pasado siglo. Muchos de los afectados vivían en el South Side de Chicago. El equipo de Kellman era sobre todo blanco. Para ganarse el favor de estos desempleados decidió contratar a un negro. Publicó un anuncio en el diario neoyorquino y recibió el currículo de un tal Barack Obama.

“Me extrañó este nombre. Era exótico. Le pregunté a mi mujer, que es de origen japonés, si Obama era un apellido nipón”, explica Kellman en la parroquia de Saint Mary of the Woods, la iglesia católica de Chicago en la que trabaja ahora. “Puede que sí”, le dijo su mujer. El currículo y la carta de presentación le gustaron, así que llamó a Obama y le preguntó si era japonés. Obama dijo que no, que era negro, y que era su sueño ser organizador comunitario.

En un caluroso día de agosto se reunieron en una cafetería de la avenida Lexington. “En lugar de entrevistarle yo, fue él quien me entrevistó a mí”, explica Kellman. “Para mí era muy importante contratar a alguien que no se quemara pronto; una persona con ganas de trabajar con gente muy pobre, de escasa formación, gente maltratada por la vida”, explica Kellman. “Barack era alguien sin identidad a la búsqueda de sí mismo, capaz de ayudar a los demás en este propósito. Y sabía escuchar. Eso es fundamental, saber atender a los problemas de los demás”.

Recuerda especialmente una parte de la conversación que mantuvo con Obama que le decidió a ofrecerle el puesto inmediatamente.

-¿Qué es lo que más te enfada en el mundo? ¿Qué te saca de tus casillas?

-La injusticia.

Obama aceptó el trabajo, aunque el sueldo le convertía en alguien que rozaba el límite de la pobreza. Eran 10.000 dólares al año. Kellman se las arregló para pagarle un coche -“o algo similar a un coche”-, un destartalado Honda que costó 2.000 dólares. Lo cargó con todas sus posesiones y condujo los 1.200 kilómetros que separaban Nueva York de Chicago. Nunca había estado en esta ciudad, pero sabía que era una urbe sumida en una verdadera batalla racial.

En aquella época, el primer alcalde negro de la ciudad, Harold Washington, se enfrentaba a todo el racismo y las reticencias de una ciudad hasta hacía poco gobernada siempre por blancos. Logró la alcaldía en 1983, sin pertenecer a ninguna de las familias que controlaban todos y cada uno de los barrios y distritos. Sus oponentes no tuvieron piedad. Los carteles electorales republicanos rezaban: “Vota lo correcto. Vota blanco”. Entonces se llamaba a Chicago “la Beirut del lago Michigan”.

Obama y otros organizadores comunitarios comenzaron a coordinar su trabajo en el rectorado de la iglesia del Santo Rosario, un modesto edificio de ladrillo marrón en el barrio de Roseland, en el sur de la ciudad. Su despacho, compartido entre tres, era un medio sótano con dos ventanucos, sin ventilación alguna e iluminado por un tubo de luz fluorescente. Los papeles y las mesas de aquella época todavía se agolpan en esta misma habitación, cubierta por el polvo de veinte años.

No muy lejos de aquí emprendió Obama su primer proyecto como trabajador social, en el barrio de Altgeld Gardens. Unió a un centenar de residentes que necesitaban desesperadamente una serie de reformas en su edificio. Obama logró que algunos consiguieran financiación pública y que los dueños de la propiedad retiraran unas vigas construidas con amianto, material muy común en los años setenta que es altamente tóxico.

“Fue un trabajo valiosísimo el que Barack hizo”, explica Linda Randle, afroamericana que también trabajaba como organizadora comunitaria en Altgeld Gardens. “Buscó y encontró trabajo a un grupo de mujeres a las que sus empresas habían prejubilado. A una de ellas le consiguió una beca para la universidad, y encontró trabajo gracias a un máster que estudió. Ése era Barack, una persona trabajadora, que sudaba la camisa, comprometida. El mismo que veo en la tele ahora”.

En aquella época, todos sus compañeros tenían una fe. Todos menos Obama. Kellman había sido judío, pero se convirtió al catolicismo. “Nosotros siempre le insistíamos a Barack para que buscara una iglesia”, explica. “Era difícil que los desempleados, que acudían a las parroquias a rezar, aceptaran su ayuda si no les ofrecía, al menos, el vínculo de la fe. La comunidad afroamericana es muy devota. Y yo veía, entre líneas, que esto ayudaría a Barack a encontrar su perdida identidad”.

Así, Obama descubrió al que sería su mentor durante años, un intelectual brillante, un orador excelente y, recientemente, un verdadero dolor de cabeza para la campaña del ahora candidato a la presidencia. Jeremiah A. Wright nació en Filadelfia, un Chicago en miniatura por sus importantes problemas de segregación y racismo. Prestó servicio en el ejército entre 1963 y 1967, y luego consiguió diversos títulos universitarios en lengua y literatura inglesas y teología. En 1975 acudió a Chicago para hacerse cargo de la iglesia Trinity United, que no superaba los 250 feligreses en cada oficio. Cuando se retiró, en marzo, tenía más de 10.000 miembros registrados.

Wright es un hombre de una intensa presencia. Cuando era pastor le rodeaba siempre una cohorte de subalternos, secretarios y guardaespaldas. La respuesta con la que los periodistas se encontraban al tratar de acercarse a él en su parroquia era siempre la misma: “El reverendo Wright no concede entrevistas”. Al pastor se le conoce por sus histriónicos sermones, repetidos hasta la saciedad en las cadenas de televisión conservadoras. En ellos acusa a EE UU de ser un país racista. “Dios maldiga a América”, grita a los cuatro vientos en uno de esos vídeos. “Nos merecíamos

[los atentados terroristas del] 11-S, por la violencia en Oriente Próximo. Todo el mal que hemos hecho en otros países vuelve a nosotros”.

En la tarde del domingo 3 de enero, en uno de sus últimos servicios, Wright proclamaba su lema a los congregados, todos afroamericanos: “Sin vergüenza de ser negros, sin reparos por ser cristianos”. Entonces, Obama todavía era miembro de la iglesia. “Votad, mis fieles. Votad porque muchas son las vidas que se han perdido para daros ese privilegio”.

Junto a él, la bandera panafricana, con sus vistosos colores rojo, verde y negro. Todo su sermón se centró en una parábola que bien podría representar las enseñanzas a través de las cuales Obama descubrió su fe y su identidad. “Un hombre pierde la vista. Se queda ciego. Sus amigos le dicen que se ha quedado ciego por ser malo a los ojos de Dios. Estas personas convierten un hecho biológico en una sandez teológica. Así nació toda la teología de la supremacía blanca. Yo os digo que no sintáis vergüenza por ser negros. Ser negro no es una maldición. Que no os cuenten mentiras, porque con estas mentiras los blancos nos convirtieron en esclavos”.

Obama escuchaba cada domingo discursos como éste sentado en una de estas sillas rojas, enfrentado a un potentísimo coro de mujeres negras. Aquí encontró lo que su historia personal le había negado. Su madre era de Kansas; su padre, de Kenia; su infancia la pasó entre Hawai e Indonesia. No era ni blanco ni negro. Su nombre sonaba exótico. Hasta que Wright le ofreció a Obama la “audacia de la esperanza”, una frase con la que el senador titularía su segundo libro. “En aquella época, nuestros juicios y nuestros triunfos se convirtieron, por fin, en únicos y universales, negros y más que negros”, escribe el senador en el libro.

Tras tantos años de camino junto a su pastor fue difícil para Obama distanciarse totalmente de él el pasado 1 de mayo. Había aguantado la tormenta política de sus sermones, de las acusaciones conservadoras de que era un candidato antiamericano y racista en el corazón. Había pronunciado discursos en los que pedía que América superara “sus viejas heridas raciales”. Pero la gota que colmó el vaso de la amargura fue la de la comparecencia de Wright en el National Press Club de Washington el 28 de abril, cuando insinuó que Obama era un hipócrita: “Si el senador Obama

[no se hubiera distanciado de mí] nunca podría ser elegido. Los políticos dicen lo que dicen y hacen lo que hacen basándose en la posibilidad de ser elegidos, basándose en cortes de voz, basándose en encuestas”.

Obama aseguró que los sermones del reverendo eran “destructivos y divisivos”, un reducto de alivio para “los que se alimentan de odio”. El 1 de junio abandonó la iglesia, tras escuchar las declaraciones de un pastor católico y blanco que hacía mofa de Hillary Clinton e insinuaba que la candidata era racista. “Me apena”, dijo Obama. “Allí encontré a Jesucristo, allí me casé con mi mujer y bauticé a mis niños”. Pero la carga política de seguir relacionado con la iglesia era ya un lastre demasiado pesado para poder con él.

Obama, estudiante

 

En su iglesia y en su trabajo, Obama también descubrió una vocación más ambiciosa que la de organizador comunitario. “Barack ayudaba a los ciudadanos a saber cuán poderoso podía ser su voto, a organizarse para conseguir beneficios”, explica Michael Kuglik, otro de los trabajadores sociales con los que recorría las calles. “Gracias a él conseguimos mejores escuelas, mejor cobertura sanitaria. Ahí veías ya al Barack que quería cambiar el mundo”.

Con esta voluntad, Obama se matriculó en la Facultad de Derecho de la muy prestigiosa Universidad de Harvard, donde le esperaba una carrera universitaria llena de éxitos. Fue el primer afroamericano elegido presidente de la revista Harvard Law Review; se graduó magna cum laude y volvió a Chicago para trabajar brevemente en Project Vote, una organización cuya única finalidad era lograr que el mayor número posible de personas se registrara para votar en las elecciones presidenciales de 1992. El equipo de Obama consiguió algo inaudito, un verdadero homenaje póstumo al alcalde negro Harold Washington: 150.000 nuevos votantes se dieron de alta, la inmensa mayoría negros. Por primera vez, el número de electores afroamericanos superaba la cifra total de blancos.

Ya en 1993, la revista local Chicago Magazine le saludaba como “la nueva estrella política”. “El alcalde tomó nota del aumento en participación negra, pero eso no significa que esté pendiente de que le venga una estrella política afroamericana por la espalda”. Entonces comenzaron los rumores sobre las posibles opciones políticas de Obama, que había aceptado un trabajo como abogado en el bufete Davis, Miner, Barnhill y Galland.

Se presentó a las primarias para el Senado de Illinois en 1996, en el único episodio en el que parece haber traicionado sus principios, siempre repetidos, de “dar voz a todos los votantes”. En enero de aquel año, él y su equipo comenzaron a presentar quejas formales contra el resto de políticos demócratas que competían con él en las primarias, entre ellos la veterana senadora Alice Palmer, muy querida en el difícil mundo del South Side. Dicen casi todos los medios norteamericanos, de The New York Times al Chicago Tribune, que, por una vez, Obama jugó con las estratagemas de Chicago, la ciudad sin leyes políticas. Consiguió que el Partido Demócrata declarara irregular un gran número de firmas que apoyaban a sus contrincantes, y logró ser el único que se presentó a las primarias.

Entrevistado por el Chicago Tribune, Obama dijo que, ante la duda, llegó a la conclusión de que “si no se puede cumplir con las normas a la hora de firmar una petición en las primarias, ese representante político no puede llegar a hacer bien el trabajo”. Pocos dudan de que si la senadora Palmer, entonces amiga de Obama, se hubiera presentado, habría arrasado entre los demócratas. En sus ocho años en el Senado de Illinois, Obama luchó por incluir en la agenda de los políticos asuntos como la reforma de la asistencia médica, la pobreza, el crimen y el medio ambiente, unos temas que se han convertido en pilares de su campaña presidencial.

Las acusaciones de Hillary Clinton y el candidato republicano, John McCain, de que Obama no tiene ningún tipo de experiencia en política quedarían fácilmente desmentidas con un simple repaso de los títulos de las 823 leyes que promulgó junto con otros senadores. Su primer proyecto, el más ambicioso, fue intentar por sí mismo que Illinois garantizara cobertura médica universal a sus ciudadanos. Los republicanos y una buena parte de demócratas tumbaron la propuesta.

Con el tiempo, se sumergió de lleno en el ambiente político de Illinois. Dejó la imagen de político radical y se hizo un hueco, cada vez más imprescindible, en el Senado. “Barack consiguió que se aprobara una ley que creó un grupo de agentes que investiga si algunas de las detenciones que hace la policía en Chicago obedecen a motivos raciales”, explica la representante de la Cámara de Illinois Debrah Graham. “Con esta ley disminuyó el número de cacheos injustificados a afroamericanos. Y logró que los interrogatorios a sospechosos de homicidio sean grabados, para evitar que los agentes impongan confesiones falsas a los supuestos criminales”.

Entre otros proyectos, Obama consiguió que se reformara la oscura ley de financiación de campañas electorales de Illinois. Aumentó los subsidios que podían recibir las madres solteras y logró que se aprobara una ley en la que se concedían rebajas a las personas que no se podían permitir pagar sus impuestos. No es que el senador revolucionara el Estado, pero supo llevar a cabo los modestos objetivos que se impuso.

“Lo bueno de Obama es la rapidez con la que aprende”, explica Martin Lawrence, viejo conocido del senador y director del Instituto de Políticas Públicas de la Southern University de Illinois. “Por primera vez vimos que un político joven estaba dispuesto a rebasar las líneas del partido. Tenía una serie de puntos en su agenda, claro. Pero sabía que para cambiar el panorama político tenía que ser flexible”.

Tal era su flexibilidad que votó simplemente “presente” a 129 leyes propuestas por sus contrincantes, algo que provocó duras críticas de su contrincante, Hillary Clinton. Entre ellas, diversas normas a favor del aborto. “No queda duda de que Barack está a favor del derecho a abortar. Es un político de perfil netamente liberal, preocupado por temas como la seguridad social o la lucha contra la pobreza”, explica Cynthia Canary, directora de la Campaña para la Reforma Política de Illinois, que trabajó en numerosas ocasiones con Obama en Springfield, capital del Estado.

“Que Obama votara simplemente ‘presente’ en tantas ocasiones, en lugar de sí o no, significaba que sabía trabajar en este ambiente político”, explica el profesor Lawrence. “Igual no estás de acuerdo al cien por cien con lo que quiere un senador, pero le concedes el beneficio de la duda, le transmites el mensaje de que estás dispuesto a negociar. Así es como se avanza en política, con el diálogo, con la flexibilidad”. Esta flexibilidad es la que exhibió Obama el pasado miércoles ante el lobby judío: es su promesa de superar las heridas raciales y partidistas para llegar a un “futuro mejor, mediante el diálogo”.

Precisamente el diálogo ha sido la bandera que ha hecho ondear Obama desde que anunciara su candidatura, en febrero de 2007. “Es aquí, en Springfield, donde el Norte, el Sur, el Este y el Oeste se encuentran”, dijo el candidato en el mismo punto en que Abraham Lincoln pronunció un famoso discurso contra la esclavitud en 1858. “Aquí se me recordó la decencia esencial de la gente de América, aquí aprendí que con esa decencia podemos construir una América de esperanza”.

Obama ha recorrido un espinoso camino para llegar hasta aquí. Ya tiene a la vista la Casa Blanca. Está muy cerca. O demasiado lejos. La solución: el 4 de noviembre.

Un líder llamado Barack Hussein Obama

 

 

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