Disney: el maestro del embrujo

Posted on marzo 14, 2008 por

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por Valentina Santos

Para nuestros padres, abuelos, contemporáneos y descendientes, las películas de los Estudios Disney constituyen un referente obligado que ha servido para ilustrar nuestras vidas pero, sobre todo, nuestra infancia. No obstante, detrás de las bellas historias de animales y princesas subyacen otras poco conocidas y ciertos claroscuros. En este artículo revisaremos algunos aspectos insospechados del patriarca Walt, creador del imperio Disney y de su legado, bastante desmitificado en el presente, pero no por ello menos atrayente.

Nacimiento en la tierra de las promesas

Es indiscutible que todos hemos crecido con ellas, casi todos contamos, al menos, con una entre nuestras favoritas y podemos mencionar detalles que marcaron positiva o negativamente nuestra infancia. Me refiero, desde luego, a las películas de Disney, muchas de ellas cuestionadas en el presente, pero que, sin excepción, continúan seduciendo a niños y adultos por igual. Sin embargo, a pesar de la aparente dulzura, es evidente que su lectura, a la luz de los años, arroja resultados no tan positivos.

Walter Elias Disney nació el 5 de diciembre de 1901 en Chicago, en el seno de una familia un tanto conflictiva —su padre era un hombre sumamente violento y, al contrario de su hijo, era decididamente torpe para los negocios—. La época en la que el pequeño Disney creció se caracterizó por la esperanza en el poderío estadounidense promovida por Theodore Roosevelt, presidente que asumió el poder justamente en 1901 y que era un fiel creyente de que el trabajo duro, el progreso y el liderazgo eran inherentes al modo de vida estadounidense —repertorio de ideas conocido como Square Deal—. Según esta concepción, el teléfono, la aviación y, por supuesto, la industria fílmica sólo podían ser resultado del ingenio yanqui y estaban dispuestos a que cada estadounidense los disfrutara e hiciera ostentación de ellos.

En su juventud, Disney se trasladó a Missouri, un lugar donde su trabajo se vería fuertemente influenciado por la riqueza multicultural que ahí se concentraba: franceses, irlandeses, ingleses, afroamericanos y muchos alemanes —se editaban a la sazón cerca de 19 periódicos en lengua germana—, lo que hizo vislumbrar al inteligente joven el potencial de los cuentos de hadas que formaban parte de la tradición narrativa de los inmigrantes establecidos en la región. De hecho, Cenicienta, El sastrecillo valiente, La bella durmiente y Blanca Nieves y los siete enanosfueron todos relatos de cuño alemán, los que, visiblemente alterados por los animadores de la casa Disney, se convirtieron en éxitos mediáticos que reforzaron la ideología del magnate Walt.

La Alicia que pocos conocen

Mucho se ha escrito acerca de los inicios de la carrera de Walt Disney. De hecho, los fanáticos de las caricaturas identifican este periodo con el antecesor de Mickey, el conejo Oswald, notablemente parecido al roedor símbolo del capitalismo.

En 1919, nada parecía indicar que el novel caricaturista recién emigrado a Kansas tuviera dotes sobresalientes. Sin embargo, gracias al auge de los carteles que mostraban escenas casi idílicas de la vida cotidiana del ciudadano común, las cuales se vendían como pan caliente y empezaron a formar parte del imaginario estadounidense, se pudo reconocer el talento de Disney, al que Norman Rockwell le dedicó una de sus obras con la siguiente inscripción: «Para Walt Disney, uno de los artistas realmente grandes, de un admirador».

Más sorprendente resulta escarbar en el pasado de Disney y comprobar en etapas tempranas su obsesión por el detalle, al igual que su enorme capacidad de mezclar recursos —ésta, por cierto, muy adelantada a su época.

Así, a principios de la década de 1920, Walt, en sociedad con su hermano Roy, produjo la serie Alice Comedies, con la que deseaba superar el fracaso económico de su primera versión de Alicia en el país de las maravillas,  que lo había dejado deprimido y en bancarrota. El carácter innovador de las aventuras de una pequeña y vivaz rubia de rostro angelical determinó que el futuro de Disney estuviera en California.

A más de 80 años de realizada esta serie, no deja de llamar la atención lo novedoso de la técnica: la protagonista, Alicia, de enormes caireles rubios —muy a la Mary Pickford—, es una niña real que interactúa con una serie de criaturas animadas. Para lograr tal efecto, la protagonista, Virgina Davis —quien este año cumplirá 90 inviernos—, debía moverse en un escenario blanco, donde era retratada cuadro por cuadro, y la película resultante se empataba con la animación. El éxito del procedimiento empleado por Disney dio para 57 historias. Después, el singular animador centraría su atención en los animales y creó al novedoso conejo Oswald. Lo demás, ya es historia.

Un lado tan oscuro como la tinta

Si bien es cierto que el joven Walt poseía un instinto único para los negocios y una visión excepcional para el entretenimiento, mismos que pudo desarrollar a sus anchas en Hollywood, también es real que muchas de sus taras y contradicciones han trascendido a lo largo de los años, opacando la leyenda del self-made man que por décadas se difundió: era un hombre moralista, aunque no un devoto esposo, pues gustaba de considerarse soltero incluso años después de haber contraído nupcias; solía dar un trato paternal y casi déspota a sus empleados, algunos de ellos de gran valía y que pusieron en un predicamento a su patrón. Disney era, además, un magnate receloso de los sistemas políticos y, sobre todo, de la mayor amenaza que se cernía sobre el mundo libre y su imperio económico: el comunismo.

Pero casi ningún aspecto resulta tan criticable para los detractores de Disney como su recalcitrante puritanismo, perceptible en el mismo parentesco que los animalitos guardan entre sí en sus historias. En los años 70 circuló en las universidades latinoamericanas con bastante energía el libro Para leer al pato Donald, escrito por los intelectuales franceses Armand Mattelart y Ariel Dorfman, en el cual cuestionaban y criticaban los relatos protagonizados por el neurótico palmípedo, y subrayaban que Disney no reflejaba más que los afanes hipócritas de una empresa empeñada en despojar de todo asomo de sexualidad a los personajes creados por ella misma y difundidos a través de sus historietas. De ahí que, por ejemplo, Donald tuviera tres sobrinos, una eterna novia y, a su vez, un tío archimillonario, pero ningún padre a la vista.

Entre todas las críticas que pesan sobre el trabajo de Disney, parecen ser una constante a lo largo de las décadas las que se refieren a la poca o nula fidelidad que en ocasiones guardan sus relatos respecto a las historias originales que les sirvieron como inspiración. Sirva de ejemplo La sirenita (1989), relato de la pluma de Hans Christian Andersen que en las manos de Disney perdió todo el sentido trágico que el autor danés le había impreso. El final propuesto por los hollywoodenses estudios despojó al personaje principal de sus sublimes intenciones y, en cambio, lo condujo al happy ending tradicional. No podía ser de otra manera, pues los dioses de la animación tenían una misión para la pelirroja Ariel, que en adelante sería una de las «princesas» más redituables de la casa.

Pero, qué podían importar semejantes descalificaciones al «brujo» de la creatividad y las ganancias, cuando nuevos éxitos estaban en puerta. Una vez posicionada su casa productora como una verdadera fábrica de sueños, sólo faltaba darle materialidad a esa industria para vender la ilusión completa: por largos años, el magnate de la animación había acariciado la idea de un lugar para familias, un magical park que, por supuesto, tuviera todos los elementos fantásticos de sus historias y personajes. La II Guerra Mundial puso en espera tan ambiciosos planes, pero no pudo enterrarlos.

El sitio, que desde luego privilegiaría en su nombre a su todopoderoso creador, Disneyland, comenzó a construirse en julio de 1954 en Anaheim, California, y fue inaugurado oficialmente un año después, el 17 de julio, en medio de una gran expectación alimentada ferozmente por los medios estadounidenses.

Así, tal como Mickey no pudo detener la marcha de las escobas que inundaban la habitación de El aprendiz de brujo, en aquella Fantasía de 1940, Walt Disney fundó un poderoso reino de diversiones cuyas ramificaciones se extienden a Francia y Japón, y que seguramente continuará creciendo sin que sus oponentes puedan impedirlo.

Con su fallecimiento, en 1966, a causa de cáncer de pulmón, los estudios atravesaron largos años de crisis que incluyeron fracasos taquilleros y películas prescindibles, las cuales, sin embargo, a la luz de los años pueden contemplarse como enormes logros artísticos; ejemplos de esto son Bernardo y Bianca (1977) y El zorro y el sabueso (1981). El bache pareció superarse en 1989, cuando se revitalizó la producción fílmica con La sirenita; en 1994, con El Rey León, alcanzó la cima nuevamente. Desde entonces, y gracias a la ayuda de Steve Jobs, de Pixar Animation Studios, la cadena de taquillazos —y deformaciones de las historias originales— ha continuado sin trazas de perder fuerza.

Pero, ¿qué es finalmente la casa Disney sino una industria cultural, en el sentido más amplio? Nadie mejor para demostrarlo que un brujo, cuyos aprendices difícilmente superarán su ejemplo.

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