Lo que quieren las mujeres

Posted on marzo 13, 2008 por

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Los preliminares de hillary clinton para las  primarias de Texas y Ohio fueron el equivalente político de la “semana infernal” para un efectivo de la Armada de EE UU. Al menos así se sintió para los reporteros que estuvieron participando en este agotador maratón demócrata desde las asambleas partidistas de Iowa en enero y ahora, cubrían lo que se había de llamar el último combate de Hillary.
Cual novata de campaña que se une al autobús de la prensa la mañana del sábado en Ft. Worth, Texas, me asombró cuán aislados están los reporteros de la campaña la mayor parte del tiempo. Es como estar atrapada. Una no puede comprar periódicos o ver la TV en tiempo real. Ocasionalmente, cuando te dejas caer en tu asiento durante un vuelo de Dallas a Columbus, Ohio, se alcanza a ver una cabeza larga y alisada en la sección de primera clase que, se rumora, pertenece a la candidata. Ella no viene seguido a visitar a la prensa, excepto por el raro lapso de entusiasmo de la convivencia arreglada. Se siente un momento de turbación en el vuelo de Cleveland a Toledo: “Tengo la intención de hacerlo tan bien como pueda el martes y ya veremos qué sucede después de eso”.
El grupo cercano a Hillary, al frente del avión, siempre incluye a la morena de gran estilo Huma Abedin, también conocida como la “asesora corporal” que mantiene el guardarropa y la apariencia infaliblemente fresco de la Senadora. A veces la candidata está junto a amigos y partidarios. Ted Danson y su esposa, Mary Steenburgen, se presentan en algunas actuaciones en Ohio y son efectivos, en especial Steenburgen: “Vi a mi amigo Bill hace 30 años y pensé, si hay algo intrínsicamente sano en el universo, tú deberías ser presidente algún día. Y vi a Hillary y pensé, ‘Vaya, ¿me atreveré a soñar?” Chelsea, el arma ya-no-tan-secreta de Hillary, se une al vuelo en la víspera del día de elecciones, levantando visiblemente el ánimo de su madre. La calidez y la complicidad entre ellas son evidentes cuando abren una botella de vino y se toman de la mano en la cabina de primera clase. Chelsea, de 28 años, es la suavidad del ataque preventivo de su madre. Hay acero debajo del encanto juvenil de Chelsea.
El ritmo agotador y brutal que Hillary mantiene (14 ciudades en cuatro días) incluso marca el ritmo del más joven senador Obama. Tal vez ella merezca prevalecer porque es más dura, mucho más que los medios de comunicación que la siguen con el rostro pálido, y claramente más dura que los otros candidatos demócratas y republicanos que ya han sido derrotados. Nadie puede disputar el valor de una mujer dispuesta a levantarse a las 4 a.m. de un lunes para llevarles donas a los trabajadores durante el cambio de turno en la planta de Chrysler en Toledo. Refrescada por la excursión, convoca a los reporteros y a los equipos de cámara para un “momento con la prensa” espontáneo en el vestíbulo del hotel, en el que ella defenestra tranquilamente a Obama por el doble discurso de su asesor económico respecto al TLCAN. De vuelta en el avión, un fotógrafo clava un letrero sobre su asiento: no me llamen a las 3 a.m.
La prensa sentirá la desconfianza implacable de Hillary, y ¿quién puede culparla? Kate Snow, de ABC, me dice que los miembros del público a menudo se le echan encima cuando ven su micrófono de TV, acusándola de ser una suplente de Tim Russert, aun cuando él está en NBC. “Sienten que nosotros somos quienes la estamos derrotando”, dijo.
Tal vez esto explique la decisión extraña del equipo de avanzada de Hillary, que descubrimos cuando llegamos a Austin, Texas, la tarde del lunes, y hallamos la sala de prensa en un vestuario de hombres. Las computadoras portátiles fueron instaladas codo con codo a una pared de urinarios, propiciando gritos estridentes de “¡Ahora sí sabemos que esta campaña está en el retrete!” Se suponía que los reporteros vieran la reunión electrónica de Hillary con 800 votantes tejanos en un monitor de TV sobre nuestras cabezas a través de Fox Sports Southwest —una elección curiosa para un medio de comunicación, basada, aparentemente, en lo barato de la señal. (O tal vez fue una estrategia astuta para alejar a los votantes masculinos que esperaban un juego de entrenamiento de los Astros de Houston.)
Mientras esperábamos la reunión, pudimos ver la TV pero sin sonido. Wolf Blitzer, de CNN, estaba parado al frente de un mapa, informando a los estadounidenses de algo, pero ¿qué? Luego vinieron imágenes de un Barack Obama exhortador. Corría el rumor de que miles de personas asistían a sus mítines. ¿Cómo podía ser, cuando nosotros, en la campaña de Soluciones para América, sabíamos que Hillary Clinton ganaría?
He aquí lo bueno de la locura que es vivir en la burbuja de la campaña. Sentarse en el autobús de la prensa y no aprender nada te hace receptivo, cuando te apeas en una parada de descanso, para aprender todo, para sentir con un entusiasmo aumentado el embiste crudo de la humanidad agitándose, sin los filtros de las encuestas y el beligerante ruido de los medios de comunicación. Finalmente, te permite ver a la candidata a través de los ojos de los votantes, y percatarte de cuán resueltamente efectiva, cuán inspiradoramente pedestre es Hillary Clinton.
Al hacer campaña en lugares como Cleveland, Akron, Dayton y Toledo —comunidades que tienen algunos de los índices más altos de ejecuciones de hipotecas en el país—, Hillary se las arregla para fusionar su propia supervivencia política con las dificultades que tiene su audiencia para vivir. El artilugio del TLCAN le funciona a las maravillas en lugares donde han desaparecido muchos trabajos.
La mañana del domingo se inició la solicitud de votos en el gimnasio de una preparatoria en el pueblo suburbano, predominantemente blanco, de Westerville, Ohio, que tiene letreros de “se vende” en cada manzana. Ella está de pie con sus resistentes botines marrones plantados firmemente en el estrado, la imagen indomable de una mujer avezada y capaz, de 60 años, arreglada maravillosamente como siempre en su imperturbable (azul, esta vez) traje con pantalón, diciendo a voz en cuello sus posturas básicas sobre el cuidado a la salud, el programa “Que Ningún Niño Quede Atrás” y los préstamos universitarios. “¡Sí!”, dice, en crescendo. “¡He estado aquí por un tiempo, haciendo este trabajo por 35 años, y sé que es importante tener un presidente en la Casa Blanca que se levante todos los días y se preocupe de los miedos de ustedes, de sus necesidades!… ¡Necesitamos un luchador, un emprendedor y un campeón en la Casa Blanca!”
Si uno llamaba al centro de conferencias de la campaña posteriormente ese día, un pelotón de generales le decía por qué estaba listo para saludarla como comandante en jefe, tantos que, para cuando ella bajó del estrado del auditorio de una escuela en Akron, uno esperaría que ella usara un tocado de Kevlar. Aun así, su mejor papel siempre será Hillary, la infatigable presidenta del consejo de estudiantes, demandando, exigiendo que los votantes la califiquen por las especificidades de sus promesas de campaña: “Quiero estar en la Casa Blanca y que ustedes me digan, ‘Bueno, la oímos en Akron, pero ¿cuándo va a generar esos empleos de los que habló?” Lo que asusta es que lo dice en serio. En una parada de campaña en el restaurante mexicano Herrera’s, en Dallas, la mañana del Día de Elecciones, Dawn Martin, la directora ejecutiva de una pequeña sociedad de conservación de los océanos llamada SeaWeb, me obligó a oírla: “Hillary entiende más nuestras piscifactorías, el cambio climático y el ecosistema general en el medioambiente marino que cualquier otro que yo conozca”. Se ha escrito mucho sobre cómo las mujeres mayores de 40 años se han unido en tropel a la causa de Hillary (ella obtuvo un impresionante 67 por ciento de las mujeres blancas que votaron en Ohio; ellas sumaron 44 por ciento del total). Está de moda descartar este elemento central de su base como rabiosas paleo-feministas entablando las gastadas y viejas guerras de género del pasado. Pero el atractivo de Hillary con las chicas mayores de 40 años es más amplio y más profundo que eso. Cynthia Ruccia, una organizadora política de las bases en Columbus, me dijo que en estas últimas y difíciles semanas, las mujeres empezaron a presentarse en oleadas en las oficinas centrales de Clinton, mujeres que le dijeron que nunca antes fueron voluntarias en una campaña. “Simplemente hubo un flujo por la forma en que la trataban los medios de comunicación”, dijo Ruccia. “Era algo que no habíamos visto en mucho tiempo. Todas sentimos, como mujeres, que habíamos progresado mucho, y vimos esto como un ataque de misoginia que trataba de acabar con ella”.
Es una revuelta que ha sido aplazada por un tiempo y ahora ha encontrado su foco en la candidatura de Hillary. En 1952, la reveladora novela de Ralph Ellison, “El hombre invisible”, encaró la experiencia de ser negro en EE UU. En la implacable cultura juvenil de principios del siglo XXI, si una tiene 50 años y es mujer, la novela que se escribe todos los días en su frente es “La mujer invisible”. Por todo el país, hay mujeres mayores de 40 años vigorosas, independientes y autoliberadas; mujeres que poseen todas las capacidades administrativas que provienen de criar familias mientras mantienen empleos demandantes, mujeres que tienen experiencia, empuje y, entre aquellas cuyos hijos ya no están casa, una pequeña independencia financiera, pero que todavía se encuentran firmemente menospreciadas e ignoradas. Los anunciantes no las quieren. Las televisoras sacan del aire a sus presentadoras. Los estudios de Hollywood se niegan a escribir papeles para ellas. Los empleadores dejan en claro que preferirían un “rostro fresco (más barato)”.
Incluso Oprah las abandonó cuando optó por Obama. ¿Soy la única quien sospecha que la mujer de 54 años más poderosa de la TV quizá lo apoyó tan rápido por razones de una demografía deseable de espectadores tanto como por inspiración personal? Ciertamente, ninguna diva de la TV mayor a 50 años que valore sus índices de audiencia quiere ser vinculada con la cohorte de los sofocos.
Lo que entristece a las mujeres mayores de 40 años que adoran a Hillary, es que sus hijas de veintitantos años no comparten su opinión del papel heroico de ella. Al contrario, han sido encantadas por esa nueva magia de Barack. No es culpa de ellas, y tampoco de Hillary. La señal precisa que las mujeres mayores ven como prueba de la determinación de ella sólo avergüenza a sus hijas, apagándoles toda la euforia despreocupada que debería conllevar el poder femenino en la Casa Blanca.
Ella aún podría tener una oportunidad de ganárselas, si se propone dividir a las chicas de Obama de los chicos de Obama. Tal vez empezar con algunos mítines de madres e hijas en Pennsylvania, convocando una audiencia que reflejaría la imagen ganadora de Chelsea a su lado en el estrado en la noche del martes en Ohio.
Vale la pena intentarlo, porque aún hay algo de romántico en la idea de una mujer en la Casa Blanca, por más salpicada y comprometida que esté la campaña de Hillary. Era difícil no contagiarse de la euforia en el Ateneo de Columbus cuando empezaron a llegar sus resultados primarios. Me encontré atascada entre dos mujeres exultantes de Columbus, una festiva cincuentañera propietaria de un estudio de yoga y una directora de recursos humanos de una compañía de software aproximadamente de la misma edad. Coreaban a voz en cuello junto con la banda el viejo éxito de McCoys en 1965, “Hang on Sloopy”.
Para todas las mujeres invisibles, es el único himno que tienen. Y simplemente por el bien de ellas, la senadora Hillary Rodham Clinton no debe darse por vencida.

–Tina Brown, autora de “Las crónicas de Diana”, trabaja en un libro sobre los Clinton.

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