El baño de un ministro de Franco

Posted on marzo 8, 2008 por

0



Palomares, costa almeriense, 8 de marzo de 1966. Manuel Fraga se echa al agua para demostrar que no hay contaminación atómica.

Un ministro de Franco en bañador era una imagen inaudita hace medio siglo. Ahora se retransmite en directo el romance del presidente de la República Francesa con una modelo, pero en la España franquista de los años 60 resultaba inconcebible ver en la tele o el No-Do –porque no todo el mundo tenía televisor, ni mucho menos– las desnudeces de tan importante autoridad chapoteando en el agua.

¡Aquí ha pasado algo muy gordo! se dijo la gente, que hasta ese momento no tenía conciencia de la grave contaminación nuclear causada en Almería por varias bombas atómicas americanas. El accidente había ocurrido en el aire, sobre un pueblo llamado Palomares, cuando un avión cisterna procedente de la base de Morón de la Frontera (Sevilla) repostaba en vuelo a un bombardero nuclear B-52, una maniobra mil veces repetida sobre territorio español, tanto cuando los B-52 del mando estratégico norteamericano iban desde Estados Unidos hacía sus teóricos objetivos en la URSS, como cuando volvían de su misión.

El 17 de enero de 1966, sin embargo, un fuerte viento provocó un roce entre los dos aparatos unidos por la manguera. Se incendió el combustible de ésta y los dos aviones ardieron, muriendo los cuatro tripulantes del cisterna y salvándose solamente tres de los siete del B-52. Un mecanismo de seguridad soltó las cuatro bombas atómicas, provistas de paracaídas, pero dos paracaídas también se incendiaron y las bombas se destrozaron en la caída, esparciendo su contenido. Una tercera bomba cayó entera, solamente un poco abollada, pero la cuarta desapareció en el mar.

Publicado en:
logo-tiempo-de-hoy.jpg
Sacrificio
La censura franquista era una máquina casi perfecta, y el pueblo español vivía ignorante de lo que significaba que se hubiese esparcido la letal carga radioactiva por los campos almerienses. Los norteamericanos montaron una operación de limpieza en la que recogieron 1.400 toneladas de tierra, que fue envasada en bidones y enviada a un centro nuclear de Carolina del Norte. Problema resuelto, total, sólo se ha perdido la cosecha… Sin embargo, pese a todos los medios de la poderosa VI Flota norteamericana, la cuarta bomba no aparecía en el mar… No lo haría hasta abril, cuando un modesto pescador, Paco el de la Bomba, le indicó donde estaba al almirantazgo americano.

Manuel Fraga Iribarne ocupaba una cartera con dos competencias, Información y Turismo, que no tenían nada que ver entre sí. La primera era puramente política; para una dictadura, como había demostrado Goebbels en el nazismo, la propaganda y el control de la información eran vitales. Turismo, en cambio, era una competencia económica y muy poco importante hasta la llegada de Fraga. El llamado joven ministro había traído un aire nuevo al franquismo, cierta modernidad en el talante y había comprendido las posibilidades que ofrecía la industria turística en España.

El país se abrió al turismo con la receta básica de sol, playas y precios baratos. Pero ese atractivo se podía estropear fácilmente si cundía la idea de que las aguas de las playas andaluzas y levantinas estaban contaminadas por la radioactividad de la bomba perdida. Fraga acometía los problemas como un toro. Llamó al embajador americano, Angier Biddle Duke, y le convenció de hacer un gesto cara a la galería: ¡se bañarían en aguas de Palomares!

Muchos diplomáticos americanos han dado la vida por su país, es una exigencia de los imperios. La situación era objetivamente muy delicada, más de lo que las propias autoridades españolas creían, y el embajador Duke, un señorito de familia multimillonaria de pasado bastante juerguista, sintió la llamada del deber en la hora suprema, y se dispuso al sacrificio.

A primeros de marzo, pese al “sol de España” que tanto publicitaba Fraga, las aguas de Almería estaban frías, pero impertérritos, Fraga, el embajador y dos infelices ayudantes se sometieron a un baño ritual ante las cámaras. Algún operador se entusiasmó tanto con el espectáculo de aquellos importantísimos señores saltando las olas y dándose chapuzones, que se metió vestido en el agua para obtener mejores planos.

¡Todo fuera por tranquilizar al público!

El tiro por la culata
Pero como sucedía durante el franquismo, ese pueblo mantenido en el silencio informativo había desarrollado la malicia de leer entre líneas, de descubrir qué se ocultaba tras los eufemismos, de adivinar los hechos a partir de mínimos indicios. Ver a un ministro del Régimen retozando en bañador disparó todas las alarmas entre los españoles. Y es que Fraga era tan volcánico en su carácter y tan arrollador en sus actitudes, que muchas veces lograba lo contrario de lo que pretendía.

Ya le había sucedido con la elección del Papa Pablo VI, tres años antes. Cuando se inició el proceso para designar sucesor de Juan XXIII, Fraga Iribarne emprendió desde su Ministerio de Información una brutal campaña contra el cardenal Montini, arzobispo de Milán. Montini había criticado poco antes la ejecución en España del dirigente comunista Julián Grimau, de manera que Fraga decidió que no podía consentirse que se sentara en el trono de San Pedro. La prensa española, férreamente dirigida, inició una campaña contra “el arzobispo comunista”, y convenció a todos los españoles de que podía salir Papa cualquiera, menos Montini.

Era una campaña inútil, porque lo que opinara el pueblo español no tendría mínima influencia en el cónclave, pero a Fraga le salió muy bien. Lo malo es que cuando los cardenales eligieron Papa a Montini, el régimen de Franco tuvo que hacer todo tipo de piruetas para explicarle a la católica España que un comunista era el nuevo Papa.

Peores consecuencias tendría, para el propio Fraga, la campaña que montaría algo después, en 1969, con ocasión del Caso Matesa. Se trataba de un escándalo de subvenciones oficiales, y Fraga pensó que, permitiendo que la prensa le diese bombo al asunto, saldrían malparados varios ministros económicos miembros del Opus, rivales políticos suyos en el seno del franquismo. El tiro le salió por la culata, y al final el cesado fue Fraga.

Aquí no ha pasado nada
Un mandamiento político del franquismo era que el pueblo no se inquietara. No convenía que la gente viviera los grandes sobresaltos que se producían en el mundo, porque no se sabía si la desazón podría provocar alguna agitación social. Al producirse en 1962 la famosa crisis de los misiles de Cuba, que estuvo a punto de provocar una guerra entre EE UU y la URSS, todo el mundo contuvo el aliento… Todo el mundo menos España, porque aquí la censura ocultó la gravedad de la situación internacional. A veces, sin embargo, no había forma de disimular la traumática relevancia de los hechos, por eso cuando fue asesinado Kennedy, el ministro del Ejército ordenó instalar ametralladoras en la azotea del Ministerio, apuntando a Cibeles y la calle de Alcalá… por si acaso.

Anuncios