Stalin ha muerto

Posted on marzo 5, 2008 por

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Dacha de Kunzevo, cerca de Moscú, 5-3-1953. El mayor dictador de la historia muere casi sin atención médica. ¿Derrame cerebral o veneno?

Un enfermo que no confía en su médico, cambia de médico. Pero si el paciente es Stalin, autócrata de la Unión Soviética y patrono del movimiento comunista en todo el mundo, las consecuencias de la pérdida de confianza pueden ser más graves.

A principios de 1953, el médico personal de Stalin fue detenido junto a otros ocho doctores que atendían a altos cargos de la nomenclatura comunista. Se les acusaba de organizar un complot –inspirado por Estados Unidos– para asesinar a sus importantes pacientes. Poco antes, el secretario personal de Stalin había desaparecido y el 15 de febrero había muerto, seguramente ejecutado, el jefe de sus escoltas, de modo que el complot médico parece una típica muestra de la paranoia de Stalin, cada vez más agudizada con los años. ¿Quién puede creer que nueve doctores en excelente situación profesional se arriesguen en una conspiración para asesinar a la cúpula del Estado? Y, sin embargo, hay quizá una base de verdad. Algunos médicos soviéticos pudieron asesinar poco antes a Andrei Jdanov, uno de los más importantes personajes de la URSS, el diseñador de la política cultural soviética y el que dirigía la actuación de los partidos comunistas extranjeros a través de la Kominform.

Jdanov ingresó en 1948 en un hospital con una dolencia cardiaca. Necesitaba reposo absoluto, pero los facultativos le pusieron un tratamiento de ejercicio físico intenso. Duró un mes. Sin embargo, no fue EE UU quien habría inspirado el tratamiento mortal al cardiólogo de Jdanov, sino el propio poder soviético, Stalin o Beria. Ahora, la obediencia ciega a aquellas directrices asesinas –suponiendo que fuese verdad el plan de liquidar a Jdanov– se volvía contra los sumisos doctores, que eran procesados.

Casualmente, los protagonistas del complot de los médicos eran casi todos judíos, por lo que algunos historiadores piensan que la maniobra orquestada por Stalin era el preparativo de una persecución antisemita. Nunca sabremos adónde habría podido llevar el complot de los médicos, porque dos semanas antes de que comenzase el juicio, Stalin sufrió una hemorragia cerebral que le hizo morir en pocos días. Por un sarcasmo de la Historia, el hombre más poderoso de Rusia, o quizá del mundo, pasó muchas horas tras el ataque sin que le atendiese un médico.

La última cena
La noche del 1 de marzo Stalin cenó en su dacha (casa de campo) con Malenkov, Bulganin, Khruschev y Beria. Curiosamente, los tres primeros le sucederían en el poder, por ese orden. En cambio, el más poderoso de todos, Beria, jefe de la policía política, no sobreviviría a su amo, aunque existe la hipótesis de que Beria envenenó esa noche a Stalin.

No hay ninguna prueba de esto. Stalin tenía ya problemas de salud y esa noche bebieron todos mucho vodka, como se hace en las cenas rusas. El caso es que a la mañana siguiente Stalin no salió de su dormitorio, pero intimidaba tanto a sus colaboradores que nadie se atrevió a entrar. Hasta por la noche nadie osó abrir la puerta sin permiso; lo encontraron tirado en el suelo, paralizado aunque consciente. Ni siquiera entonces avisaron a ningún médico, sino a la cúpula comunista que había compartido la última cena.

Pasaron por tanto muchas horas antes de que Stalin recibiese atención sanitaria y no le hospitalizaron. Lo sentaron en un sillón y los cuatro dirigentes citados montaron guardia junto a él. Tenía periodos de consciencia y otros de letargo, y el 4 de marzo recuperó la palabra brevemente, pero su suerte era irreversible. Oficialmente falleció a las diez y diez de la noche del 5 de marzo, según anunció al día siguiente Radio Moscú.

La conmoción fue inconmensurable, nunca la muerte de nadie ha sido tan sentida y por tanta gente. Hoy día, la mayoría de la izquierda mundial considera a Stalin un personaje nefasto, pero en aquellos tiempos 150 millones de soviéticos literalmente adoraban a su padrecito (todavía ahora en Rusia, dos de cada tres personas juzgan su papel positivo). Dirigiendo con mano de hierro la resistencia ante la invasión nazi, venciendo a Hitler y conquistando Berlín, Stalin se había convertido en el primer héroe nacional del país, y se había ganado la admiración mundial. Aparte de los soviéticos, cientos de millones de izquierdistas de todo el mundo le creían sinceramente un liberador de los oprimidos.

Duelo multitudinario
Cuando exhibieron su cuerpo embalsamado en el majestuoso Salón de Columnas de la Casa de los Sindicatos, cinco millones de personas hicieron interminables colas para darle su despedida, la mayor manifestación de duelo de la Historia. No se sabe, porque se ocultó cuidadosamente, cuantas personas murieron en las avalanchas que se producían entre la multitud, pero fueron muchas las que acompañaron al padrecito en su último viaje. Sin embargo, en las alturas dirigentes de la URSS, no había dolor, sino alivio. El proceso paranoico del régimen no tenía límites, y el propio Stalin había bromeado macabramente con los más altos dirigentes, advirtiéndoles que los iba a purgar. Eso alimenta la teoría de la conspiración, no de médicos, sino de jerarcas, que le habrían envenenado suministrándole un producto llamado warfarina.

Otro análisis más político señala que Stalin se había lanzado a una escalada de confrontación con Occidente que llevaba a una nueva guerra mundial –ahora atómica– y que la cúpula soviética quería frenar esa carrera de su enloquecido jefe.

Lo cierto es que tan pronto desapareció el Zar Rojo, comenzó la desestalinización. Antes de un mes, los médicos del supuesto complot habían sido liberados y exonerados de culpa. El 1 de mayo, Beria, el brutal ejecutor de la represión estalinista, presumió ante Molotov, ministro de Exteriores: “¡Yo lo maté! ¡Yo os salve a todos vosotros!”. Eso dice al menos Khruschev en sus memorias, aunque la crítica coincide en que Khruschev se inventaba los recuerdos que le venían bien.

El perro tras el amo
En las tumbas de los caciques indios se enterraba a mujeres, esclavos o perros, para que les hiciesen compañía en la otra vida. Puede decirse que Stalin también se llevó con él a su perro de presa, Laurenti Beria. Sea o no verdad que el jefe de la policía política envenenó a Stalin, no le valió de nada el supuesto servicio frente a sus sucesores. Beria era demasiado temido y odiado, y tres meses después de morir Stalin fue acusado de traición y detenido por fuerzas militares. Su arresto se mantuvo en secreto hasta el 10 de julio, para neutralizar a su policía. Unos dicen que fue liquidado en el momento de la detención, otros que fue juzgado por un tribunal especial y ejecutado antes de final de año.

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