Independencia o despojo

Posted on febrero 27, 2008 por

0



Por: Jorge Gómez Barata (especial para ARGENPRESS.info)
Aunque en 1898, al derrotar a España, Estados Unidos desplazó a Europa Occidental del predominio político mundial, todavía no pudo ejercer la hegemonía sobre el Viejo Continente; tres poderosas fuerzas conservadoras se lo impedían: los imperios ruso, austro-húngaro y otomano, a los que se sumaban Alemania e Italia que al completar tardíamente su unidad nacional, llegaron atrasadas al reparto del mundo y reclamaban su cuota en el botín colonial.

En aquellas circunstancias, cuando ya habían completado su expansión territorial y mediante una cruenta Guerra Civil asegurado su unidad nacional, en un territorio inmenso y económicamente autárquico, Estados Unidos se replegó sobre sí mismo y con los océanos Atlántico y Pacifico como barreras protectoras, asumió el aislamiento como política, dio prioridad a su doblamiento con emigrantes y al crecimiento económico, edificando una impresionante economía y un vasto mercado.

Mientras tanto los europeos se mataban entre sí y se estancaban tratando de mantener vigente un anacrónico sistema político y un estilo de vida que mezclaba elementos de la democracia y liberalismo con la autocracia de los zares y emperadores, los privilegios de la nobleza y una diplomacia versallesca.

En 1914, en medio de enormes tensiones políticas generadas por las seculares luchas contra la opresión de los imperios otomano y austro-húngaro, Gavrilo Princip, un militante nacionalista de ciudadanía serbia y origen bosnio, asesinó al heredero del trono de Austria, hecho que provocó la declaración de guerra a Serbia y el inicio de la Primera Guerra Mundial.

Estados Unidos que a más de 4000 kilómetros del escenario bélico miraba los toros desde la barrera aprovechó para consolidar su economía, vendiendo armas, maquinas, acero, carbón, alimentos y otras vituallas a una Europa que compraba, malgastaba, se endeudaba y se desangraba. En 1917, tres años después del inicio de las acciones, cuando en virtud de una atroz matanza todos los contendientes estaban exhaustos, Woodrow Wilson, intervino en la guerra y con dos millones de soldados derrotó a las potencias europeas.

En aquella coyuntura, el presidente norteamericano se trasladó a Europa donde permaneció seis meses, imponiendo un record de estancia en el extranjero no superado por ningún mandatario, ocupado en redactar el tratado de Versalles, negociar las bases de la Sociedad de Naciones y establecer las modalidades para el pago de la deuda contraída por Europa.

Dado que entonces que no necesitaba los territorios del Medio Oriente que quedaron sin amos al disolverse el imperio otomano ni era solidario con las pequeñas nacionalidades europeas liberadas al desarticularse el imperio Austro-Húngaro, Estados Unidos auspició un nuevo reparto territorial que hizo fuertes en el Levante a Inglaterra y Francia y permitió el nacimiento de dos nuevos estados esencialmente artificiales como Yugoslavia y Checoslovaquia que no fueron inventos del comunismo como muchos creen, sino resultado de cábalas políticas imperiales.

Mientras ese fenómeno ocurría, otro de los imperios, el ruso en manos de los bolcheviques corría otra suerte. Debí decir y digo: mejor suerte.

Lenin, Trotski y sus compañeros que no eran políticos profesionales ni expertos en geopolítica, sino revolucionarios, adoptaron la decisión estratégica de mantener unido el antiguo imperio zarista, y aunque no estimularon la separación, no sin lucha, a la larga permitieron que varios países entre ellos Finlandia, Polonia, Estonia y Lituania se constituyeran en naciones independientes.

Aquel proceso no transcurrió placidamente, entre otras cosas porque contra los bolcheviques se desató la guerra civil, la contrarrevolución y la intervención extranjera. Es cierto que hubo excesos, decisiones políticas erróneas y arbitrariedades, entre ellas la reanexión de los estados bálticos, la expulsión de los tártaros de Crimea, de los alemanes del Volga y otras, por cierto no peores que las ocurridas en España, Italia, Bélgica, Gran Bretaña e incluso en los Estados Unidos.

No obstante complejidades políticas y arbitrariedades sin justificación, los atrasados pueblos de Asia Central, encontraron en Unión Soviética un ambiente que sin ser perfecto, les permitió desarrollarse y acceder a la modernidad con más éxito, orden, bienestar y felicidad que algunos como: afganos, kurdos, palestinos y otros permanecieron uncidos a los viejos y nuevos imperios.

Salvando distancias de cultura y desarrollo, aproximadamente lo mismo ocurrió con las pequeñas nacionalidades eternamente balcanizadas y oprimidas de Montenegro, Croacia, Eslovenia y Dalmacia que junto a Serbia formaron Yugoslavia y que bajo el socialismo alcanzaron desarrollo suficiente para ser hoy estados.

No discuto si los kosovares merecen o no la independencia, lo que me interesa compartir con los lectores son las evidencias de que no se trata de una lucha de liberación nacional, sino de otra manipulación que encuentra terreno fértil en el oportunismo y en los rencores étnicos y nacionales derivados de sucesivas aventuras imperiales.

La pregunta es simple: Kosovo es ahora independiente de Serbia: ¿lo será algún día de Estados Unidos, de la OTAN y de la Unión Europea?

Publicado en:

argenpress.gif

Anuncios