Esclavas del siglo XXI

Posted on febrero 27, 2008 por

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La trata de mujeres es la forma de esclavitud más visible del siglo XXI. Pero la sociedad prefiere hacer como si el comercio sexual no existiera, y no siempre se enfoca como lo que es: un delito contra los derechos humanos de las mujeres que se ven atrapadas en las redes de tráfico y explotación. Muchas de las extranjeras prostituidas en España han sido secuestradas o vendidas y no pueden denunciar su situación por miedo a las represalias contra ellas y sus familias.

Silvia recuerda muy bien la fecha: era un 17 de diciembre a las cinco de la madrugada. Ella iba prácticamente desnuda, con unas bragas minúsculas, sujetador y un abrigo que apenas la cubría. Recuerda la fecha porque hacía un frío helado y a la sensación de desamparo y miedo que la acompañaba a todas horas desde que llegó a España había que sumar aquel día una tristeza indefinida debida a la proximidad de las fiestas navideñas.

Silvia, búlgara, 19 años, se había casado por amor: una tarde estaba tomando un café en un bar de Sofía cuando un muchacho fuerte y de buen ver se sentó a su lado. Hablaron. Quedaron para otro día y el día siguiente. Al cabo de unos meses, él le propuso casarse, y ella aceptó. El chico iba y venía a España, donde aparentemente regentaba un bar. Silvia hubiera preferido vivir en Sofía, cerca de sus padres, pero se quedó embarazada y no tuvo más remedio que seguir a su marido.

Al llegar a Madrid, el marido le dijo que no existía ningún bar, que a partir de ahora trabajaría en la Casa de Campo. Silvia, asustada, lloró, gritó, ¡jamás trabajaría de puta! “Estamos esperando un hijo”, imploró. El hijo lo perdió aquella misma noche de una tremenda paliza, y al cabo de unos días ya estaba en la Casa de Campo junto a otras dos chicas que también “pertenecían” a su marido.

Y fue en la Casa de Campo donde una madrugada del mes de diciembre, exactamente el día 17, un coche se acercó hasta Silvia; pero esta vez, el hombre que la llamaba desde el fondo del asiento acolchado en piel, la ventanilla bajada, en vez de solicitar el precio de sus servicios se limitó a mirarla:

–Hay que ver las ganas que tienes de estar aquí –dijo, la sonrisa altiva, el deje irónico.

“Hay que ver las ganas que tienes de estar aquí.” A Silvia se le ha quedado grabada la frase.

Cuando habla de los meses pasados en la Casa de Campo, de las palizas de su marido-chulo, los “servicios completos” y las “mamadas” interminables con tipos demasiado borrachos o demasiado nerviosos para abreviar el suplicio, los golpes y los moratones en las piernas mientras la montaban, el olor, olor nauseabundo, a cuerpos ajenos, lo que más recuerda es la visita de aquel hombre y su comentario:

–Hay que ver las ganas que tienes de estar aquí.

“¿Es un tonto? ¿O se hacía el tonto?”, pregunta. Se pregunta, solloza, se desespera, Silvia.

¿Somos tontos? ¿Nos hacemos el tonto? ¿Acaso no está pasando delante de nuestras narices?

La trata de mujeres es la forma de esclavitud más visible del siglo XXI.

En España no existen cifras precisas, aunque se sabe que al menos una de cada cuatro prostitutas lo hace sometida a violencia, amenazas y engaño. El ochenta por ciento son extranjeras venidas de países pobres, y muchas de ellas han sido secuestradas o vendidas, aunque casi nunca se atreven a denunciar su situación por miedo a lo que pueda ocurrirles a sus familias, amenazadas por las redes criminales o por el chulo que comercia con sus vidas como si fueran ganado. A estas chicas las vemos todos los días apostadas en las carreteras, medio desnudas. A veces las protege una sombrilla. A veces utilizan una silla desvencijada para sentarse. A sus pies, bolsas de plástico con la ropa de recambio, botellas de agua, bolsitas de chuches, cajas de galletas y de condones.

La carretera N-II que une Cataluña con Francia es uno de los puntos más visibles de este comercio que a veces puede ser muy peligroso. Fue allí donde el asesino en serie Volker Eckert, un camionero alemán de 47 años, encontró a tres de sus 19 víctimas. Una de ellas, Miglena Petrova, tenía la misma edad que Silvia, 20 años. Las otras dos todavía no han sido identificadas. Todas fueron descuartizadas. También en esta carretera, en uno de los clubs que iluminan la noche con neones proclamando una existencia nada clandestina, trabajaba una chica rumana que, huyendo del encierro a la que la sometían sus patronos, se lanzó al vacío hace unos meses desde un apartamento de Empuriabrava.

Una tarde, en una de las rectas a la entrada de la ciudad de Figueres, de pie junto a un camino que conduce a un pinar en medio de trigales y campos de forraje, encontré a dos chicas rumanas. Apenas hablaban dos palabras de español y nada sabían del lugar donde se encontraban. Asustadas por mis preguntas, me dijeron que aquello era un sitio privado y debía largarme.

–Ves –dijo una de ellas, señalando un cartel clavado en el trigal.

Leí el cartel: “Coto privado de caza”.

Pobres. El chulo les había dicho que en España la prostitución está permitida y que si alguien las molestaba le amenazaran con llamar a la policía. “Coto privado de caza”.

En realidad, el chulo sabía de qué hablaba. En España, la prostitución ni es legal ni es ilegal. Como dice el comisario de extranjería de Cataluña, José María Hidalgo, “es alegal, no existe”.

Pero ahí está, no sólo en las carreteras, en los clubs de alterne, sino también dentro de las grandes ciudades, como en la Casa de Campo de Madrid o en las inmediaciones del estadio del Futbol Club Barcelona y, por supuesto, en los cientos de pisos, casas de citas y saunas que se anuncian en los periódicos. Algunas chicas lo hacen voluntariamente, pero muchas de ellas son traficadas, obligadas, violentadas, humilladas. Este artículo trata de este tráfico y no del debate sobre el ejercicio de la prostitución como una opción personal. Una de las mayores hipocresías que existen sobre la prostitución consiste, precisamente, en mezclar uvas con peras, confundir la libertad con el delito para abandonar a su suerte a las víctimas de esta violencia que, en opinión de las asociaciones que tratan de ayudar a las mujeres traficadas, debería tipificarse y perseguirse como un delito contra los derechos humanos.

Dos millones y medio de mujeres son prostituidas por la fuerza en todo el mundo, y unas cien mil mujeres y niñas entran cada año en los países de la Unión Europea como víctimas del tráfico con fines de explotación sexual.

DIANA (La venta)

Vivíamos en un pueblecito cerca de Bucarest. Una noche estábamos cenando cuando llegó el hijo de un amigo de la familia. Mi tía dijo que debería casarme con aquel muchacho. Discutimos. Yo no me quería casar. Al cabo de unos días, me llama muy seria:

–Vete preparando la maleta. Te marchas –dice.

–¿Adónde me marcho, tía?

–De viaje.

Aquel mismo día vinieron dos chicos a los que no conocía y me hicieron subir en un coche.

–¿Adónde vamos?

–Tú estate calladita.

Fue la única respuesta.

Yo estaba muy asustada. Vivía con mis tíos desde la muerte de mis padres. Mamá murió en 1987 a causa de la infección provocada por un embarazo extrauterino. Papá era un hombre muy cariñoso. Lo mejor que me pasó en mi infancia. Pero no soportó la muerte de mi madre y se hundió completamente. Todos los días llegaba borracho del trabajo y se encerraba en su habitación. Los últimos cuatro años de su vida los pasó anegado en el alcohol y la soledad hasta que se lo llevó una cirrosis. Entonces es cuando fui a vivir con los tíos.

El tío es policía, y la tía, maestra. Lo que yo no sabía es que también se dedicaba a buscar chicas jóvenes para mandarlas al extranjero. Ahora me había tocado a mí. Sólo tenía 16 años.”

En la madrileña calle Jardines, justo en una travesía de la calle Montera donde decenas de chicas pasean por las aceras en busca de clientes, se encuentra la asociación Apram, una entidad que lucha contra la trata y ayuda a reinsertar a mujeres que han sido prostituidas.

Me recibe Rocío Nieto, su directora, una asistente social que empezó a interesarse por el mundo de la prostitución hace dos décadas, cuando, camino de casa, en el centro de Madrid, las encontraba todos los días en la calle Carretas y la plaza Benavente. Mujeres pobres, necesitadas, incluso alguna ama de casa, mujeres del barrio que, a veces, al cruzarse con algún matrimonio vecino, siseaban al oído de Rocío: “¿Ves a este que va tan ufano del brazo de su mujer? Pues es mi cliente”.

Aquellas prostitutas de calle, de esquina y pensión, nada tenían que ver con la puta fina, como dice el comisario Hidalgo refiriéndose a las del abrigo de visón, las que te miraban a la cara y soltaban: “¿Tú qué quieres, que me ponga a fregar escaleras?”.

–¡Hay que tener un par de cojones para fregar escaleras! –rebufa el comisario al recordar cómo alguna de aquellas damas, a veces muy bien protegida, podía rematar sus comentarios con un aguijón: “Lo que tú te sacas en un mes, yo me lo saco en un polvo”.

Luego llegó la terrible época de la droga, cuando la prostitución y el pico iban de la mano, cuando cientos de chicas –y también numerosos chicos– empezaron a vender su cuerpo sólo para pagarse el caballo. Fueron tiempos de prostitución zombie, de grandes campamentos de droga y sexo en los extrarradios de la ciudad, tiempos que fueron remitiendo gracias a la administración de metadona entre los drogadictos.

Ahora, apunta el comisario Hidalgo, quien dice que la prostitución siempre ha existido y esto no cambiará, aunque sí sus formas, ha aparecido un nuevo fenómeno transfronterizo, a veces muy violento, en el que las mujeres vienen de fuera y las redes que las explotan se dedican además a otros negocios ilegales como las drogas, el tráfico de personas o los robos.

Ahora, dice Rocío, la prostitución está ligada a la emigración. Son mujeres que huyen de la pobreza, de la miseria, de las guerras.
“Viajamos desde Bucarest hasta la frontera búlgara. Cada vez que preguntaba algo recibía la misma respuesta:

–Tú estate calladita.

Empecé a tener mucho miedo.

Entramos en Bulgaria ilegalmente y allí nos quedamos dos semanas, encerrados en la habitación de un pequeño hotel mientras realizaban las gestiones para conseguirme un pasaporte falso. Cuando lo tuvieron reemprendimos el viaje por carretera hasta Italia y llegamos a un piso de la ciudad de Padua donde esperaba el chico que había venido a cenar a casa de mi tía.

En el último informe del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo se ha visto como el rostro de la pobreza es hoy un rostro de mujer: el setenta por ciento de los pobres del mundo son mujeres.

Marta González, coordinadora del Proyecto Esperanza, de las Hermanas Adoratrices, una asociación que no sólo se ocupa del tráfico de mujeres con fines sexuales sino también del tráfico en el servicio doméstico y en el sector laboral, opina que esta feminización de la pobreza se debe a

que las catástrofes que hoy asolan el mundo, catástrofes naturales, guerras, hambre, refugiados, falta de trabajo, castigan especialmente las espaldas de las mujeres, que son las que sufren en mayor grado el peso de sus consecuencias.

Así, de los 115 millones de analfabetos que hay en el mundo, existen dos niñas analfabetas por cada niño que lo es. Cuando en una sociedad las cosas empiezan a ir mal, las primeras que dejan la escuela son las niñas, y mientras todos los esfuerzos son para que los niños sigan estudiando, las niñas pasan a ocuparse de la casa, son las que van a buscar el agua, las que cocinan y cuidan de sus hermanos pequeños y de los ancianos; en los países asolados por el sida, también a ellas les toca cada vez más ocupar el puesto del padre y de la madre muertos en plena juventud. Las niñas, de nuevo, son las principales víctimas de los matrimonios arreglados, a veces con ancianos que triplican su edad.

También en los procesos migratorios, la mujer ha adquirido un papel protagonista. No sólo los hombres emigran como hacían antaño para alimentar a las familias de origen, sino que cada vez existen más mujeres obligadas a asumir esta responsabilidad con los suyos; muchas de ellas acabarán enredadas en el turbio negocio del comercio sexual.

–La trata de mujeres –dice Marta– debemos entenderla en el contexto de flujos en movimiento (capitales, personas, bienes de servicio) del nuevo mundo global. Es una expresión más de la injusticia en las relaciones internacionales entre países pobres y países ricos; una de las peores consecuencias de este sistema.

En el caso de la mujer, hay que añadir el peso de la cultura, la idea discriminatoria que todavía marca la condición femenina. Cuando en países como China se obliga a la política de un solo hijo, la primera víctima son las niñas, que sufren un genocidio selectivo. Y vuelven a ser las mujeres las principales perjudicadas por el fundamentalismo que las esconde detrás de la burka, las lapidaciones, los códigos de sangre como el “kanun” albanés, el rechazo y la violencia doméstica en la mayoría de los países pobres y los malos tratos y los asesinatos en nuestros propios países, donde todavía se asocia la feminidad a la disponibilidad sexual, a la propiedad.

–¿Qué está pasando? –le pregunté.

–Siéntate –dijo él– que ahora empieza ‘el colegio’.

–Quiero ir a casa.

Y empezó ‘el colegio’:

–Mira –dijo–, eres menor de edad, eres virgen, esto significa mucho dinero.

–Se lo voy a decir a la tía –protesté yo.

Y él se rió, claro, porque la tía era la que me había vendido, la que lo había organizado todo. Entonces me agarró por el pelo y, levantándome de la silla, dijo amenazante:

–En este piso hay otras cuatro chicas. Ellas están destinadas a la calle. Pero para ti tenemos otros planes: te vas a España.

Dos semanas más tarde viajamos a Milán por carretera y allí cogimos un avión hasta Lisboa. Llevaba un nuevo pasaporte con mi verdadero nombre, pero la edad había sido modificada. En vez de 16 años tenía 18. Me acompañaba un hombre que no me dejó en ningún momento y me pegó cuando traté de engañarle en el aeropuerto de Lisboa.

Desde Lisboa volamos a Madrid, y allí fui a parar a un chalet donde había otras chicas bajo el control de un hombre y una mujer rumanos. Las chicas iban todos los días a trabajar a la Casa de Campo. A mí me ‘reservaban’ para ‘un cliente especial’. Traté de escapar en dos ocasiones. La primera vez salté desde la terraza al jardín, pero el rumano me cortó el paso. Como castigo quiso señalarme la cara con una navaja y al resistirme me hizo una enorme herida en el brazo. La segunda vez me llevó a una habitación y me dio una paliza antes de torturarme en la pierna con una parrilla eléctrica de asar carne hasta que me desmayé de dolor. La quemadura se infectó, y durante un mes me atiborraron a antibióticos. Apenas me daban comida. Sólo galletas, pan, patatas fritas.”

DIANA (El viaje)

DIANA (El cliente)

“Una tarde, la señora rumana, la madama, entra en la habitación y empieza a maquillarme. Me llevan a casa de un hombre, un viejo de unos 50 años que parece mi padre.

–¿Qué te pasa en la pierna? –dice el hombre al ver la herida producida por la parrilla.

‘Haz lo que te pida o te matamos’, me había dicho la mujer antes de recoger un sobre y largarse. Así que permanezco callada y, aunque apenas reconozco algunas palabras españolas, siempre recordaré su comentario:

–Este pato cojo… –dice el viejo mientras empieza a manosear y trata de desnudarme. Yo estoy tensa. Me resisto. Él babea. Suda. No entiende lo que pasa. Está alterado. Tiene una barriga enorme. Intenta violarme, pero no lo consigue. Entonces, enfadado, llama por teléfono, y vienen a buscarme el hombre y la mujer del chalet. Cuando llegamos a casa empiezan a pegarme hasta dejarme inconsciente. Me parten el labio, el ojo y a consecuencia de los golpes me quedo sorda para siempre del oído derecho.

Al cabo de unos días vuelven a mandarme a casa del viejo. Se repite la escena. Se ve que aquel hombre era un constructor que les hacía favores con los papeles, legalizaba a los rumanos de la red como trabajadores. A cambio le habían ofrecido una chica virgen. Yo. Esta segunda vez tampoco consiguió violarme. Me dieron otra paliza y decidieron mandarme a Barcelona. Me pasearon por el Camp Nou y dijeron que si no me portaba bien me tocaría hacer la calle. Que si no era buena, uno de ellos mismos me desvirgaría.”

Kalaja de Drishtit (Albania).

Afradita Facaj fue una de las treinta mil chicas albanesas que en los últimos años han sido traficadas como prostitutas. Estuvo en Italia y, al cumplir los 19 años, se escapó para regresar a casa, en un pueblecito de montaña llamado Kalaja de Drishtit, situado en el norte del país, una región aislada donde todavía se aplica el “kanun”, el código ancestral que regula la vida de la gente e incluye la venganza de sangre.

Afradita estaba embarazada cuando regresó. Su padre esperó a que naciera el hijo y, para hacerle pagar el deshonor, la mató y la enterró delante de la casa. Al cabo de unos años, la policía de Skodra, que buscaba a Afradita como desaparecida, decidió investigar el entorno y descubrió el crimen cometido. Mientras, su hijo Nevi había sido escolarizado en la escuela de Drishtit, al pie de la empinada montaña. He querido visitar la casa de Afradita y, en el bar de Drishtit, encuentro a Sadik y a su hijo Sami, que han bajado a comprar comida y se disponen a regresar a casa después de cargar el burro que transporta las compras. Se ofrecen como acompañantes y me dan la categoría de invitado, cosa que garantiza mi seguridad porque el “kanun” impide hacer ningún mal al invitado de un vecino. Durante la larga ascensión hasta el pueblo, Sadik narra la pobreza extrema en la que él y sus vecinos viven y cómo más de la mitad del pueblo, que no tiene agua corriente en las casas, ha tenido que abandonarlo y marchar a la emigración. La salud de los habitantes tampoco es muy buena. En una casa encuentro a una anciana que lleva treinta años postrada en una cama y sólo come pan y agua. El propio Sadik explica que le falta un riñón y cómo el día que le operaron el médico se dejó las pinzas dentro. Sadik tose como un condenado, fuma, bebe. Su hijo nos mira. Tiene un brazo inútil debido a una fractura mal curada.

–Te doy la casa, te doy la vida, si me das dinero para curarle el brazo –dice Sadik.

La casa la ha reparado gracias al dinero recibido de un familiar que trabaja en Grecia. Ha tardado ciento veinte días en subir los materiales a lomos de mula, diez burros, todos los días de sol a sol.

Comemos. Bebemos. Al final se sincera: él también hubiera matado a su hija si se hubiera prostituido. Todos, dice, lo habrían hecho. Es una cuestión de honor.

Honor. Pobreza. Mujeres en busca de un futuro, traficadas por las redes, vendidas a veces por los suyos. “Hay que ver las ganas que tienes de estar aquí”, dice el simpático conductor de la Casa de Campo.

Albania reúne todos los requisitos para nutrir este comercio humano norte-sur: es uno de los países más pobres y desestructurados de Europa, sus chicas de ojos claros y piel blanca tienen una buena salida comercial, todavía existen muchas zonas apartadas donde es fácil engañar a las hijas de los campesinos (el mundo rural es el lugar predilecto para captar a las chicas, como ocurre, por ejemplo, en Lituania o Moldavia) y, finalmente, las redes albanesas, nacidas durante la transición y capitalizadas con el tráfico de gasolina y armas durante la guerra en la ex Yugoslavia y el tráfico de emigrantes y drogas, disponen de estructuras delictivas muy eficaces. Unas redes que, además de mover “el material”, saben cómo lavar el dinero de sus negocios criminales: además de las facilidades que nuestros países ofrecen para las inversiones en dinero negro, su propio país se ha convertido en una de las mayores lavanderías del dinero sucio que las mafias albanesas obtienen en Europa.DIANA (La violación)“Ocurrió en un hotel. Entramos por el parking. Me acompañaba la señora de Madrid. Recogió el dinero y me dejó con un hombre. Era muy fuerte, alto. Joven. Tuvo más fuerza que yo y me violó.

Yo creo que en la casa me ponían algo en la comida porque siempre estaba grogui. Ellos discutían si ahora ya me podían llevar al Nou Camp para hacer la calle. Pero tenían miedo porque yo era muy rebelde. Así que decidieron devolverme a Madrid. A la entrada de la ciudad, salté del coche en marcha. Rodé por el suelo. Perdí el conocimiento. Al parecer, ellos huyeron. En el hospital me pusieron un intérprete. Expliqué mi historia.”

(Al salir del hospital, Diana fue a vivir a una institución que acoge a las ex prostitutas y les ayuda a rehacer su vida. Después de un año y medio encontró un trabajo en una tienda. Desde hace unas semanas vive con su novio, un español. “Él lo sabe todo
–dice– y me trata bien; pero a veces me quedo callada, triste.” Casi todos los días pasa por el Nou Camp camino del gimnasio, se cruza con las chicas de la calle y piensa que ella podría estar entre ellas.)

Más información

www.proyectoesperanza.org y www.apramp.org

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