Los hijos de Fidel
Durante años, Fidel Castro ha sido un anacronismo viviente. Siendo un comunista leal en una época de libre mercado y democracia, gobernaba a una Cuba aislada, en gran parte, de un mundo que prosperaba a través del comercio internacional. Al final, perdió el contacto con la realidad también en su país, metafórica y literalmente. Durante 19 meses, el enfermo líder de 81 años se había mantenido fuera de la vista del público, demasiado enfermo como para aventurarse a salir, reducido a publicar lentas y pesadas “Reflexiones” en la portada del Granma, el órgano del Partido Comunista de Cuba. Cuando renunció la semana pasada, hubo algo contrario a una situación clímax.Los cubanos, incluidos los que emigraron a Miami y a otros países han esperado un cambio durante tanto tiempo que apenas y supieron qué hacer ante el repentino anuncio. Las calles de La Habana permanecieron en silencio.
Pero incluso antes de la renuncia de Castro, las cosas habían empezado a cambiar bajo la superficie. Una nueva generación de cubanos había empezado a dar voz a su cólera y frustración en formas que hace apenas algunos años resultaban inimaginables. De acuerdo con algunos cálculos aproximados, más de la mitad de la población de Cuba tiene entre 15 y 45 años de edad, y a ellos apenas les importa si Raúl, el hermano de Fidel, es elegido formalmente como su sucesor esta semana, o si otro comunista envejecido obtiene la aprobación. Los jóvenes cubanos comienzan a exigir públicamente que el régimen haga mejoras tangibles en sus vidas. Sus listas de deseos son decididamente apolíticas. En lugar de anhelar la democracia, la mayoría se centra en cosas que en otros países de dan por hechas: la libertad para viajar al extranjero, un acceso a internet sin restricciones, un ingreso disponible suficiente como para comprar un teléfono celular o un iPod. “Estos jóvenes estudiantes preguntan, ‘¿por qué hay cosas prohibidas, por qué no se nos permite salir de la isla?” Señala Miriam Leiva, una disidente que alguna vez tuvo un puesto importante en el Ministerio de Cuba de Relaciones Exteriores.
Muchos han huido. Aproximadamente 77,000 cubanos inmigraron a Estados Unidos durante un período de dos años que concluyó en septiembre pasado, el mayor éxodo de la isla desde comienzos de la década de 1970. Una cantidad desproporcionada de esos refugiados eran adolescentes o veinteañeros. “Los jóvenes están hartos”, dice Julia Núñez Pacheco, esposa de Adolfo Fernández Sainz, un periodista independiente encarcelado cuya hija, Joana, de 32 años, salió de Cuba el año pasado para unirse a su marido en Miami. “Muchos están escapando, tirándose al mar en balsas u organizando matrimonios de conveniencia con extranjeros”.
Pero los síntomas del creciente descontento se muestran también en la isla. En noviembre pasado, la violación de una joven en la universidad de Santiago provocó una ola de protestas estudiantiles por las atroces condiciones de vida y otras antiguas quejas. Los estudiantes recolectaron más de 5,000 firmas en una petición que exigía una mayor autonomía con respecto a la burocracia de La Habana. Luego, en enero, estudiantes en la prestigiosa Universidad de Ciencias de la Información se reunieron con Ricardo Alarcón, el presidente de mucho tiempo del oficialista Parlamento Nacional de Cuba. Un estudiante le dijo audazmente que las elecciones legislativas del mes pasado habían sido una farsa, dado que todos los candidatos provenían del partido gobernante. Otro preguntó a Alarcón qué debía decirle a sus compañeros que anhelaban irse al extranjero, añadiendo que él mismo quería visitar el monumento en Bolivia al icono revolucionario Ernesto (Che) Guevara. Todo el diálogo fue filmado en forma clandestina y circuló en unos cuantos días, mostrando a un Alarcón aturdido e incapaz de responder a los desafíos.
Muchos de los estudiantes que participaron en este encuentro ahora célebre son hijos e hijas privilegiados de la nomenklatura del Partido Comunista, lo que sugiere que el descontento está llegando hasta las más altas esferas de la sociedad cubana. Estos jóvenes llegaron a la mayoría de edad, en el así llamado Período Especial, una era de carencias extremas, iniciada a comienzos de la década de 1990, cuando el régimen se tambaleó al borde del fracaso después de la caída de la Unión Soviética. El Período Especial eliminó cualesquier vestigios restantes del idealismo en Cuba. Quienes crecieron en esa era no han visto nada más que escasez de comida, un decadente sistema de salud pública y la posibilidad de obtener un trabajo con un sueldo de de US$17 al mes al finalizar sus estudios.
En cierta forma, el caso de Yoani Sánchez, de 32 años, es típico. “A diferencia de nuestros padres, nosotros nunca creímos en nada”, dice. “La característica que nos define es el pesimismo, pero ésa es una espada de doble filo. Nos protege de una decepción aplastante, pero nos impide hacer algo”. Pero al menos Sánchez ha hecho algo. En abril, puso en marcha un blog , Generación Y, en el
que publica observaciones mordaces sobre los líos cotidianos de la vida en Cuba: las escasez de comida en la escuela de su hijo de 12 años; las dificultades que enfrenta una joven pareja que desea mudarse de la casa de sus padres y conseguir su propio departamento. Sánchez se ha convertido en abanderada de su generación, y casi la cuarta parte de las 800,000 visitas que su sitio recibió el mes pasado provinieron del interior de la isla. “Quiero ver cuánto podemos empujar los límites de este régimen”, dice.Hasta cierto punto, el aumento en el disentimiento es resultado de las políticas de Raúl Castro. Poco después de que asumió el poder en el verano de 2006, llamó a los cubanos a denunciar la corrupción y a crear curas innovadoras para los muchos infortunios de la isla. El diario Juventud Rebelde, dirigido por el estado, asumió el liderazgo al publicar historias de investigación que exponían pequeños delitos, y luego fue más lejos al explicar cómo tales delitos eran un resultado directo de las fallas “sistémicas” del modelo económico socialista. Al permitir estas críticas, Raúl parecía señalar que había llegado la hora para realizar un cambio radical. Luego, nada ocurrió. Raúl mantuvo el curso cautelosamente, sin dar ningún paso concreto para abrir la economía dominada por el estado ni fomentar una mayor iniciativa e inversión privadas. Ningún funcionario de alto rango fue acusado públicamente de incompetencia, fuera del ministro de Transporte del país, y el anciano Castro pareció actuar como un freno ante los planes de Raúl para reformar la economía de la isla según los lineamientos de China. En un discurso de alto perfil el verano pasado, Raúl reconoció lo dolorosamente obvio: los sueldos eran demasiado bajos, la producción y la distribución de alimentos eran disfuncionales, y el sistema estaba lleno los problemas que debían ser abordados.
Sin embargo el control de los comunistas sobre el poder sigue siendo fuerte. La renuncia de Fidel no marca ningún cambio inmediato en la política gubernamental, y mucho menos una revisión. La juventud desencantada de Cuba no cuenta con ningún medio organizado para expresar sus quejas. Nadie tomó las calles tras la renuncia de Fidel para poner a prueba la paciencia del gobierno. “Están empezando a aparecer cada vez más ejemplos de disidencia, pero aún no son muy ordenados ni comunes”, señala Laura Pollán, activista de derechos humanos. Pero es un inicio, y a menudo, el surgimiento de movimientos dinámicos de protesta juvenil ha infundido energía a una oposición desanimada. ¿Cuánto tiempo tomará? Nadie lo sabe, pero la respuesta podría sorprender incluso a los jóvenes manifestantes más optimistas del país.
Con Monica Campbell en la ciudad de México
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Written by Crónicas Peregrinas
Febrero 28, 2008 a 6:49 am
Escrito en Reportaje
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